Mira mi hijita, ese señor de la mesa de junto viene con su segunda esposa y a sus hijas no les cae nada bien su madrasta. Esa era una frase que mi abuelo Pachi nos soltaba con toda naturalidad a mitad de la comida familiar dominguera en algún restaurante. Aun y cuando el resto estuviéramos hablando de otros temas. Y sí, si nos ponía atención al mismo tiempo que se repasaba todo el lugar observando a los demás e hilando historias.
Su hija, mi madre, lo aprendió bien. Como decimos en México, salió corregida y aumentada. No solo narraba posibles parentescos de las personas, sino que, con vehemencia, nos daba datos de su pasado que imaginaba, eran reales. Ella no solo habría contado de la madrastra que no querían; se hubiera aventurado a decir que había sido la cuidadora que atendió a la primera esposa en su lecho de muerte y que, aprovechándose del dolor del viudo, se casó con él.
A sus más de 84 años, mi madre sigue contando historias de las personas a su alrededor. Siempre le repetimos una frase que se nos ocurrió cuando éramos niñas: “¡Ay, madre!, si con esa imaginación te hubieras dedicado a escribir, hoy serías la Danielle Steel mexicana y viviríamos contigo en la Quinta Avenida de Nueva York.”
Soy como ellos. Veo gente, deduzco parentescos y les tejo historias. Aprendí a ser observadora y me fijo en todo. La diferencia es que ya me animé a escribirlo y publicarlo. (Aquí está mi primer libro). A ver si en una de esas me convierto en una escritora famosa con ese don que me heredaron.

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